No hace mucho, más bien esta misma semana, me tocó presenciar uno de los actos más genuinos, instintivos y a la vez más asquerosos que puede hacer el ser humano (no hablo de sexo gente, no hablo de sexo). Iba yo en la micro, con destino a mi casita después de una larga jornada de trabajo, recuerdo que era la 406e, y la tomé en Apoquindo esquina Golda Meyer. A la altura de Providencia con Ricardo Lyon, se sube un grupo constituido por 4 personajes (que si los ves en la calle sales corriendo del puro susto) y una guaguita -más de 5 meses la pobre criatura no tenía-. En fin la cosa concreta, es que a poco andar la micro, empieza a salir olor a pancito recién horneado, mantequilla y paté...está bien, yo no había almorzado, pero tanto olor junto no podía ser sólo mi imaginación, así que me dediqué a investigar de dónde venía esta preparación. Justo delante de mi asiento, la señora -que agarraba a la guagua contra su pecho y con el antebrazo izquierdo-, untaba sus cochinos y negros dedos en la mantequilla Colún, mientras su marido (asumo que era marido), abría una marraqueta y le sacaba toda la miga, haciéndola una bolita y lanzándosela a su compadre en el asiento del frente. No conforme la señora con el manso sandwich con matequilla, abrió el paté con los dientes y con el mismo dedo se lo echó al pan, esparciéndolo como para que quedara uniforme-pienso yo- y se lo pasó con todo el amor del mundo a los compadres que habían recibido todas las bolitas de miga. Este ritual lo repitió hasta que todos tenían su marraquetita en la mano y comían tan felices como chanchos en el barro. Pero no se engañe señora, no sea crédulo señor!, la cosa no termina ahí. Cada uno le dio al pobre pan unas dos mascadas, y el tipo que iba al lado de la ventana en los asientos del frente (los compa' de las bolitas de miga), saca un six pack de Escudo y empieza a repartir...no quiero recordar ese olor, porque los tres asientos correspondientes a los tres bebedores de cerveza quedaron impregnados de ese olorcito a cebada, obviamente la "chelita" se subió enterita y explotó en la micro...gracias a Dios, la guaguita estaba protegida por el enorme brazo de su madre...Y en esto estaban los amigotes cuando les tocó el turno de bajarse de la micro...ya estábamos en Ahumada con Alameda, y la micro que se llenó en ese paradero, también quedó con la prueba fehaciente que, por mucho que a uno le dicen que hay que comer tranquilos, sentados como corresponde a la mesa, todos juntos y disfrutando de una buena conversación; cuando el hambre ataca, tiene cara de hereje...
Así que ya lo sé, si algún día vengo con hambre y me toca estar cerca de un supermercado, compraré marraqueta un pancito de mantequilla, una chelita y esta vez, sí me molestaré en comprar cuchillos de cumpleaños, porque mis manitos embadurnadas de mantequilla no quedarán...